abril 16, 2026

|ANTÍTESIS|

Por: Gerardo Rosales Miranda.

En el debate político contemporáneo, especialmente en América Latina, es común encontrar una visión romantizada de la izquierda. Muchos de sus simpatizantes creen que “ser de izquierda” es sinónimo de “ser intelectual”, de tener “conciencia de clase” y ser defensor de los pobres, los jodidos, los descamisados. Sin embargo, esta visión errónea omite una verdad teórica, que la Ciencia Política describe de forma exacta: la izquierda orgánica es asesina en su esencia, debido a que propone la lucha armada en cada país como vía de acceso al poder político. Es decir,  legitima la revolución armada y la dictadura del proletariado para acabar con los medios capitalistas opresores, sus medios de producción e instituciones.

Desde una perspectiva ideológica, la izquierda se divide en una amplia gama de corrientes que van desde el socialismo democrático, como lo es el PSOE en España, que respeta y no cambia los procedimientos constitucionales y promueve políticas redistributivas dentro del marco institucional, hasta el comunismo revolucionario, como el Partido Comunista de Cuba, que busca la ruptura del orden democrático para suplantarlo por regímenes autoritarios.

En los hechos, las revoluciones armadas que prometieron la igualdad absoluta derivaron, sin excepción, en dictaduras personalistas. Prueba de ello son los históricos personajes: Stalin, Mao, Castro, Chávez, Ortega. Los factores comunes  de esos episodios revolucionarios han sido: represión, confrontación ciudadana, censura, crisis económica, y algo que no debemos perder de vista nunca: el culto a un líder que suplanta al Estado y que, cuando muere, hereda el poder político a su familia o al correligionario más leal, anulando el derecho democrático de elegir a los gobernantes.

Este fenómeno se sostiene mediante una narrativa emocional que convierte la ideología en fe ciega y a sus líderes en profetas de la liberación social, económica y cultural. La izquierda ha sabido apropiarse del lenguaje que quieren escuchar los oprimidos, aunque la historia señala que sus gobiernos, en numerosas ocasiones, han sido despiadados y sanguinarios opresores.

En efecto, los líderes de izquierda, mientras en su discurso se proclaman libertadores del pueblo, de forma oculta operan mecanismos de control social con el fin de construir una base electoral adoctrinada al grado de fanatismo, dispuesta a desterrar a los ciudadanos que se mantienen con pensamiento crítico. Silencian a la prensa, persiguen opositores, crean programas sociales para comprar votos y destruyen las instituciones que deberían proteger a los ciudadanos, no a los gobiernos.

Uno de los mecanismos más eficaces de manipulación ideológica ha sido reducir el pensamiento político a una dualidad emocional: izquierda igual a bueno, justo y perfecto; derecha igual a traidores a la patria, inmorales y mezquinos. Desde allí, cualquier crítica al gobierno se vuelve una ingratitud y cualquier discrepancia, una ofensa al Estado. Esta polarización emocional impide el diálogo y fomenta una cultura de odio donde la opinión contraria no se debate: se anula.

Los gobiernos de izquierda que han alcanzado el poder en América Latina tienden a permanecer mediante la manipulación institucional: cambian las constituciones, desaparecen a los organismos autónomos, desacreditan a los jueces y cometen fraudes electorales. La democracia deja de ser un valor político para convertirse en un simple trámite.

Otro de los factores comunes de los “líderes de izquierda” es el establecimiento de relaciones de complicidad con los dueños del dinero ilícito. Primero solicitan que financien sus campañas electorales; después, cuando ya son gobierno, permiten que esas estructuras coexistan con el gobierno constitucional, debilitando aún más el Estado de derecho y afectando gravemente la seguridad y la soberanía nacional. Colombia, Venezuela, Bolivia, Nicaragua entre otros países son ejemplos de países en los que las estructuras conformadas con personajes que actúan al margen de la ley se fortalecieron bajo regímenes “progresistas”.

La izquierda ha fallado una y otra vez porque jamás ha compartido el poder. Predica la equidad, pero concentra las decisiones. Clama por justicia, pero fustiga al disidente. Se presenta como defensora del pueblo, pero impone un pensamiento único. Cuando se radicaliza, deja de creer en la alternancia y termina negando la esencia misma de la democracia: el gobierno limitado, los contrapesos y el respeto a las minorías.

Paradójicamente, mientras más autoritaria se vuelve, más insiste en hablar en nombre del pueblo. Es un juego de manipulación en donde la voluntad del líder se confunde con la voluntad popular. Es allí cuando las masas, despojadas de pensamiento crítico, aplauden su propia subordinación creyendo que son libres.

La ciencia política nos enseña que las ideologías no deben estudiarse por lo que prometen, sino por lo que hacen cuando gobiernan. Y aquí el balance es claro: los gobiernos de izquierda son autoritarios, malgastan el dinero público en obras de relumbrón, destruyen el orden constitucional y exigen aplausos por las atrocidades cometidas.

Finalmente considero necesario enfatizar que cuando un gobierno se autoproclama como el único salvador del pueblo para justificar el poder absoluto, debemos prender las alarmas y salir a las calles a protestar.  Pero antes es necesario hacer una profunda reflexión para abandonar el simplismo ideológico, rescatar la razón sobre la emoción, recuperar la conversación política con base en hechos, aceptar datos duros y mantener una actitud más crítica y menos sumisa.

Correo: grmiranda77@gmail.com

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