abril 3, 2026

Semillas de Fe

Por: Aracelí Esqueda Sánchez

¿Me he estado preguntando qué es la magia de la Navidad? ¿Dónde está la magia de la Navidad? ¿Dónde se esconde? Pero lo que más da vueltas en mi cabeza es: ¿dónde la perdí? Son días en los que no dejo de pensar en todas estas preguntas, y no encuentro una respuesta.

Siempre nos han dicho que la Navidad tiene una magia que se contagia, y cuando vemos las imágenes de un pino, un regalo o figuras alusivas a la Navidad, el corazón se detiene por un instante y nosotros contenemos un suspiro porque eso mueve las fibras de nuestra infnacia. Pero, ¿realmente eso es la Navidad? No lo sé. Sin embargo, reaccionamos y nos volcamos en una carrera de compras, recorremos tiendas, asistimos a encendidos de pinos, y disfrutamos cada instante. Eso sí, aunque volvemos a casa llena de adornos y detalles, no encontramos esa magia o lo que vivimos solo dura unos momentos.

Entonces, ¿dónde se esconde la Navidad? ¿Por qué no logro encontrarla en lo que me propone la sociedad? Volteo la mirada y empiezo a disfrutar una película, una reunión con la familia o con los amigos; nos organizamos y realizamos intercambios navideños que nos motivan a dar lo mejor de cada uno de nosotros. Pero, aun con todo eso, con las compras, los adornos, los arreglos, los regalos, el chocolate caliente, las películas y las canciones, sigo sin encontrar dónde está la magia de la Navidad. Lo intento cada día, pero simplemente no aparece. ¿Será que está tan a la vista que no logro verla? ¿Necesito poner más atención o detenerme en mis actividades diarias y mirar más allá de lo real o lo aparente? ¿Dónde se esconde que no me permite encontrarla?

Entonces, reflexionando, pensé: tal vez no se esconde, sino que yo la perdí. Esa idea me duele en el corazón, porque significa que perdí la capacidad de disfrutar estos días, de compartir, de reír, de creer en este tiempo tan lleno de vida. O tal vez me perdí en la vorágine de las compras, de las luces, de todo esto que la sociedad nos presenta como la magia de la Navidad. Y no con esto digo que esté mal comprar regalos, tener reuniones y festejar; por el contrario, necesitamos de esto para fortalecer los lazos de amistad y buena convivencia. Entonces, surgió una nueva pregunta: ¿dónde la perdí?

Quisiera decir que esta reflexión ha sido fácil, pero no. Por el contrario, me ha costado mucho tiempo de inactividad, de tristeza, de verme en el espejo y no gustarme lo que veo, de intentar ver señales que me dijeran “no estás bien”, de leer, de querer ser mejor y no avanzar. Han sido momentos de enfrentarme a mí misma. Y cuando las fuerzas ya no daban para más, cuando hubo días en los que no tenía ganas de moverme, volteé a ver lo que siempre me habían enseñado: lo que en mi casa se vivía cada día, lo que me hacían hacer a veces sin querer cuando era niña.

Debo decir que no todas me gustaban, y esto fue cambiando a medida que fui creciendo. La vida me dio cosas tristes y alegrías para continuar, situaciones que me hicieron reflexionar. Y entonces volví a ver el nacimiento, ese en el que un niño nació en un día frío, en un lugar solitario dedicado a los animales. Ese niño que nació por amor a los hombres.

Quise dimensionar en toda su grandeza ese acto que siempre me han dicho que fue por amor, y no entendía cómo alguien tan pequeño podía dar tanto amor. ¿Cómo pudo decir “tengo que ir hacia los hombres y cubrirlos con mi corazón”? No es que no crea, sino que su entrega es tan grande que uno, en su pequeñez, no puede comprenderlo.

Pero siguiendo mi fe, sé que es así: que vino como niño, siendo todo un Rey, todo un Dios, y que por amor decidió nacer en un pesebre. Vino a mover a un mundo que, hoy en día, lo entiende menos que cuando ocurrió el milagro. En esta época, nos resulta más difícil creer, porque las cosas materiales, las redes sociales, la economía y la sociedad nos presentan una Navidad mágica sin entender que la verdadera magia está en ese pesebre.

Observando todo esto y creyendo firmemente en lo que mi fe me dice, me enseña y he vivido cada día, seguía sin encontrar la magia de la Navidad. Y eso me ponía más triste cada vez, más impotente; me hacía sentir más pequeña, menos real, menos mágica.

Volví a encerrarme en mí misma, endurecí mi corazón, me cerré al contacto con los demás (que, dicho sea de paso, ya había perdido hace mucho tiempo). Entendí que en mí mandaba el orgullo: el creer que podía sola, que no necesitaba a nadie para levantarme ante cada pérdida o caída. No permitía buscar más allá de eso; no me dejaba ver lo que estaba ahí, tan fácil de encontrar. Mi fe no era tan fuerte ni tan real como para arrasar con las dificultades de la vida. No era suficiente para amar a los demás, porque ni siquiera me amaba a mí misma. ¿Cómo iba a dar lo que no tenía?

Y lo peor: sabía que ese niño lo había dado todo por mí. Porque nacer para venir a morir en una cruz es el acto más grande de amor. Y yo, sabiendo y creyendo en eso, seguía sin entender la magia.

Todo esto me hizo llorar, caer de rodillas y decir: “Sola no puedo”. Sé que aún puede haber más, pero no está en mí, sino en Aquel que no logro comprender. Es contradictorio creer y no entender, pero aun así seguí adelante.

Y un buen día, cuando no me lo propuse, de la nada voltee hacia mi corazón. Y ahí estaba la magia de la Navidad: brillante, con una potente luz que me cegaba, con una dulzura superior a su pequeñez. Ahí estaba, y no tenía que buscar más. Ahí estaba la fe, el amor que tanto busqué. Pude verlo, tocarlo, porque era tan fuerte que se reflejaba en los demás y estaba ahí para ellos, para todos los que lo necesitaban.

Entonces, vi sus manos que se extendían hacia mí, para que lo cargara y lo arrullara entre mis brazos. Ese es el momento más grande, más intenso, más mágico de la Navidad: el nacimiento del Niño Dios en mi corazón.

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